la secreta miseria del reproche a uno mismo que ella ha estado sufriendo desde que la primera sombra de un sentimiento desleal hacia su compromiso matrimonial se instaló en su corazón a pesar suyo. No digo —sería inútil intentar decirlo después de lo ocurrido— que su compromiso haya tenido jamás un fuerte arraigo en sus afectos. Es un compromiso de honor, no de amor; su padre lo aprobó en su lecho de muerte, hace dos años; ella misma ni lo acogió con júbilo ni se retrajo de él; se conformó con aceptarlo. Hasta que usted vino aquí, se hallaba en la situación de cientos de otras mujeres que se casan con hombres sin sentirse enormemente atraídas ni repelidas por ellos, y que aprenden a amarlos (¡cuando no aprenden a odiarlos!) después del matrimonio, en vez de antes.
Espero con más fervor de lo que las palabras pueden expresar —y usted debería tener el valor abnegado de esperar también— que los nuevos pensamientos y sentimientos que han perturbado la antigua calma y el antiguo sosiego no hayan arraigado con demasiada profundidad como para no poder ser extirpados jamás. Su ausencia (si tuviera menos fe en su honor, en su valor y en su sensatez, no confiaría en ellos como lo estoy haciendo ahora) su ausencia ayudará a mis esfuerzos, y el tiempo nos ayudará a los tres. Es algo saber que mi primera confianza en usted no estuvo del todo desatinada. Es algo saber que no será menos honesto, menos varonil, menos considerado con la alumna cuya relación con usted ha tenido la desgracia de olvidar, que con la desconocida y la marginada cuyo ruego a usted no fue hecho en vano.
¡Otra vez la casual referencia a la mujer de blanco!