Mi guía me condujo arriba, a un pasillo que nos llevó de regreso a la cámara donde había dormido la noche pasada; y abriendo la puerta contigua, me rogó que echara un vistazo.
—Tengo orden de mi amo de enseñarle su propio salón, señor —dijo el hombre—, y de preguntarle si aprueba la ubicación y la luz.
Debía de ser muy difícil de complacer, en verdad, si no hubiera aprobado la habitación, y todo lo que había en ella.
El ventanal daba a la misma hermosa vista que yo había admirado, por la mañana, desde mi dormitorio.
Los muebles eran la perfección del lujo y la belleza; la mesa del centro lucía libros alegremente encuadernados, elegantes artículos para escribir y hermosas flores; la segunda mesa, cerca de la ventana, estaba cubierta con todos los materiales necesarios para montar dibujos a la acuarela, y tenía un pequeño atril adosado que podía desplegar o plegar a voluntad; las paredes estaban revestidas de cretona de alegres tonos; y el suelo estaba cubierto de esterilla india de color maíz y rojo.
Era la salita más bonita y lujosa que jamás había visto; y la admiré con el más cálido entusiasmo.
El solemne sirviente estaba demasiado bien entrenado como para traicionar la más mínima satisfacción. Hizo una reverencia con fría deferencia cuando hube agotado todos mis términos de elogio, y me abrió la puerta en silencio para que volviera a salir al pasillo.
Dimos vuelta a una esquina, entramos en un segundo pasillo largo, subimos un corto tramo de escaleras al fondo, cruzamos un pequeño vestíbulo circular superior y nos detuvimos frente a una puerta revestida de bayeta oscura. El sirviente abrió esta puerta y me guio unos cuantos pasos hasta una segunda; abrió esa