amigos» cuando quería decir «dignos amigos»)—, escúchenme. Ha llegado el momento; expongo mis buenas nuevas; hablo por fin.
—¡Muy bien dicho! —dijo mi madre, siguiéndole la corriente a la broma.
—Lo siguiente que va a romper, mamá —susurró Sarah—, será el respaldo del mejor sillón.
—Vuelvo a mi vida y me dirijo al más noble de los seres creados —continuó Pesca, apostrofrando vehementemente a mi indigna persona por encima del respaldo de la silla—. ¿Quién me encontró muerto en el fondo del mar (por obra de Cramp), y quién me sacó a la superficie, y qué dije cuando volví a mi propia vida y a mi propia ropa?
—Mucho más de lo estrictamente necesario —respondí con la mayor cabezonería posible; pues la más mínima muestra de aliento con respecto a este tema invariablemente desataba las emociones del profesor en un torrente de lágrimas.
—Dije —insistió Pesca—, que mi vida pertenecía a mi querido amigo Walter por el resto de mis días, y así es. Dije que jamás volvería a ser feliz hasta haber encontrado la oportunidad de hacerle un buen algo a Walter, y nunca he estado satisfecho conmigo mismo hasta este benditísimo día. ¡Ahora —exclamó el entusiasta hombrecillo a todo pulmón—, la felicidad desbordante me brota por cada poro de la piel, como si fuera sudor; pues, por mi fe, mi alma y mi honor, ¡el algo por fin está hecho, y lo único que hay que decir ahora es: «Todo-bien-perfecto»!
Tal vez sea necesario explicar aquí que Pesca se enorgullecía de ser un perfecto inglés en su lenguaje, así como en su vestimenta, sus modales y sus diversiones. Habiendo aprendido algunas de nuestras expresiones coloquiales más familiares, las salpicaba en su conversación siempre que se le venía a la