grandioso paisaje montañoso que la vista pueda abarcar está destinado a la aniquilación. > > El más pequeño interés humano que el corazón puro pueda sentir está destinado
Habíamos estado fuera casi tres horas, cuando el coche volvió a cruzar las verjas de Limmeridge House.
En el camino de vuelta, había dejado que las damas decidieran por sí mismas el primer paisaje que iban a dibujar, bajo mis instrucciones, la tarde del día siguiente.
Cuando se retiraron a vestirse para la cena, y cuando me encontré de nuevo a solas en mi pequeña salita, el ánimo pareció abandonarme de repente. Me sentía indispuesto e insatisfecho conmigo mismo, sin saber muy bien por qué.
- Tal vez era consciente, por primera vez, de haber disfrutado de nuestro paseo demasiado en calidad de invitado y demasiado poco en calidad de profesor de dibujo.
- Tal vez aquella extraña sensación de que algo faltaba, ya fuera en la señorita Fairlie o en mí mismo, que me había desconcertado cuando me presentaron a ella por primera vez, seguía persiguiéndome.
Sea como fuere, supuso un alivio para mi espíritu que la hora de la cena me sacara de mi soledad y me devolviera a la compañía de las damas de la casa.
Al entrar en el salón, me llamó la atención el curioso contraste —más bien en el material que en el color— de los vestidos que llevaban puestas. Mientras que la señora Vesey y la señorita Halcombe iban ricamente vestidas (cada una de la manera más adecuada a su edad), la primera de gris plateado y la segunda en ese delicado color amarillo prímula que tan bien combina con la tez morena y el cabello negro, la señorita Fairlie vestía sin pretensiones y de forma casi pobre,