—siguió diciendo—. Prefiero hablar de la señora Clements. La señora Clements es como tú, no cree que deba volver al asilo y está tan contenta como tú de que me haya escapado de él. Lloró por mi desgracia y dijo que debía mantenerse en secreto ante todos.
Su «desgracia».
¿En qué sentido estaba usando esa palabra? ¿En un sentido que pudiera explicar su motivo para escribir la carta anónima? ¿En un sentido que pudiera mostrar que se trataba del motivo, demasiado común y habitual, que ha llevado a tantas mujeres a interponer obstáculos anónimos al matrimonio del hombre que las ha arruinado?
Resolví intentar aclarar esta duda antes de que mediaran más palabras entre nosotros por ninguna de las dos partes.
—¿Qué desgracia? —pregunté.
—La desgracia de estar encerrada —respondió, con toda la apariencia de estar sorprendida por mi pregunta—. ¿Qué otra desgracia podría haber?