dejaba hijos, iba a ir a parar a los bolsillos de su marido.
La respuesta que escribí a esta audaz propuesta fue tan breve y cortante como pude redactarla.
«Mi estimado señor. El acuerdo matrimonial de la señorita Fairlie. Mantengo la cláusula a la que usted se opone, exactamente tal como está redactada. Atentamente».
La réplica regresó en un cuarto de hora.
«Mi estimado señor. El acuerdo matrimonial de la señorita Fairlie. Mantengo la tinta roja a la que usted se opone, exactamente tal como está. Atentamente».
En la jerga detestable de la época, ambos nos encontrábamos ahora «en un punto muerto», y no nos quedaba otra salida que remitir el asunto a nuestros respectivos clientes.
Tal como estaban las cosas —como la señorita Fairlie aún no había cumplido los veintiún años—, el señor Frederick Fairlie era su tutor. Escribí por el correo de ese mismo día y le expuse el caso tal como era, no solo instándolo con todos los argumentos que se me ocurrieron a mantener la cláusula tal como la había redactado, sino manifestándole claramente el motivo mercantilista que se hallaba en el fondo de la oposición a mi estipulación de las veinte mil libras. El conocimiento de los asuntos de Sir Percival que necesariamente había adquirido cuando las disposiciones de la escritura de su parte se sometieron a su debido tiempo a mi examen, me había informado con demasiada claridad de que las deudas de su patrimonio eran enormes y que sus ingresos, aunque nominalmente cuantiosos, eran virtualmente, para un hombre de su posición, casi inexistentes. La falta de dinero en efectivo era la necesidad apremiante de la existencia de Sir Percival, y la nota de su abogado sobre