breve conocimiento, me pareció un joven modesto y caballeroso.
Así pasó el viernes. No digo nada sobre los asuntos más graves que reclamaron mi atención en ese día —la carta anónima a la señorita Fairlie, las medidas que creí oportuno adoptar cuando se me mencionó el asunto y la convicción que abrigaba de que toda explicación posible de las circunstancias sería facilitada gustosamente por Sir Percival Glyde, habiendo quedado todo ello plenamente consignado, según tengo entendido, en el relato que precede a este—.
El sábado, el señor Hartright se había marchado antes de que yo bajara a desayunar. La señorita Fairlie se mantuvo en su habitación todo el día, y la señorita Halcombe me pareció desanimada. La casa no era lo que solía ser en la época del señor y la señora Philip Fairlie.
Di un paseo a solas por la mañana y eché un vistazo a algunos de los lugares que vi por primera vez cuando me alojé en Limmeridge para resolver asuntos familiares, hacía más de treinta años. Tampoco eran lo que solían ser.
A las dos, el señor Fairlie mandó avisar que ya se encontraba bastante bien como para recibirme. Al menos, no había cambiado en nada desde la primera vez que lo conocí. Su charla giró en torno al mismo propósito de siempre: todo sobre sí mismo y sus dolencias, sus maravillosas monedas y sus inigualables aguafuertes de Rembrandt. En el momento en que intenté hablarle del asunto que me había traído a su casa, cerró los ojos y dijo que yo lo “alteraba”. Yo persistí en alterarlo volviendo una y otra vez sobre el tema. Todo lo que pude averiguar fue que él consideraba el matrimonio de su