su legado hasta la muerte de la sobrina.
El señor Philip Fairlie había vivido en excelentes términos con su hermana Eleanor, mientras ella permaneció soltera. Pero cuando se casó, ya entrada en años, y cuando ese matrimonio la unió a un caballero italiano llamado Fosco —o, más bien, a un noble italiano, dado que se ufanaba del título de conde—, el señor Fairlie desaprobó su conducta con tanta fuerza que dejó de mantener comunicación con ella, y llegó al extremo de borrar su nombre de su testamento.
Todos los demás miembros de la familia consideraban que esta grave manifestación de resentimiento ante el matrimonio de su hermana era poco más o menos irrazonable.
El conde Fosco, aunque no era un hombre rico, tampoco era un aventurero sin blanca. Poseía una renta propia, pequeña pero suficiente. Había vivido muchos años en Inglaterra y ocupaba una posición excelente en la sociedad.
Estas recomendaciones, sin embargo, de nada sirvieron ante el señor Fairlie. En muchas de sus opiniones era un inglés de la vieja escuela, y aborrecía a un extranjero única y exclusivamente por ser extranjero.
Lo máximo que se le pudo persuadir de hacer, en años posteriores —principalmente por intercesión de la señorita Fairlie—, fue restituir el nombre de su hermana en su lugar anterior dentro de su testamento, pero haciendo que aguardara por su legado al otorgar el usufructo del dinero a su hija de por vida, y el capital mismo, si su tía fallecía antes que ella, a su prima Magdalen. Teniendo en cuenta las edades relativas de ambas damas, la probabilidad de que la tía, en el curso ordinario de la naturaleza, recibiera las diez mil libras quedaba así reducida a un