la mañana: ocúpate después (en aras de tus propios intereses con tu empleador) de dejar tu trabajo inacabado lo menos revuelto posible, y abandona este lugar el sábado. Ya habrá tiempo entonces, señor Hartright, para ti y para todos nosotros».
Antes de poder asegurarle que podía confiar en que yo actuaría en estricta conformidad con sus deseos, nos sobresaltó el sonido de unos pasos que se acercaban por el arbustedo.
¡Alguien venía de la casa en nuestra busca!
Sentí que la sangre me asaltaba las mejillas para luego abandonarlas de nuevo. ¿Podría ser la tercera persona que se nos acercaba tan rápidamente, en tal momento y bajo tales circunstancias, la señorita Fairlie?
Fue un alivio —hasta tal punto y de manera tan desesperada había cambiado ya mi posición con respecto a ella—, fue absolutamente un alivio para mí cuando la persona que nos había interrumpido apareció