que el motivo que yo le había atribuido a su redacción de la carta y al envío de esta a la señorita Fairlie era clara y rotundamente el erróneo. Esa duda, al menos, quedaba ahora disipada; pero su misma eliminación abría un nuevo panorama de incertidumbre. La carta, como sabía por testimonio irrefutable, apuntaba hacia sir Percival Glyde, aunque no lo nombraba. Ella debía de tener algún motivo poderoso, originado en un profundo sentimiento de ofensa, para denunciarlo en secreto a la señorita Fairlie en los términos que había empleado, y ese motivo no se debía indudablemente a la pérdida de su inocencia y su reputación. Cualquiera que hubiera sido la ofensa que él le hubiese infligido, no era de esa naturaleza. ¿De qué naturaleza podría ser?
—No te entiendo —dijo ella, después de esforzarse visiblemente, y en vano, por descubrir el significado de las