para oír la propuesta que se me hizo de escribir esta nota.
Me sorprendieron un poco —quizás también me picaron— estas últimas palabras.
“Los acontecimientos, es verdad, relacionaron al señor Hartright de un modo muy notable con el asunto de la carta —dije—, y admito de buen grado que se condujo, sopesadas todas las cosas, con gran delicadeza y discreción. Pero no alcanzo a comprender en absoluto qué influencia útil podría haber ejercido su presencia en relación con el efecto de la declaración de sir Percival sobre su ánimo o sobre el mío”.
—Fue solo una ocurrencia —dijo distraída—. No hay necesidad de discutirlo, señor Gilmore. Su experiencia debería ser, y es, la mejor guía que puedo desear.
No me gustó del todo que descargara toda la responsabilidad, de un modo tan marcado, sobre mis hombros. Si lo hubiera hecho el