con el exclusivo propósito de presenciar los bastonazos a Jacob Postlethwaite.
—Váyanse todos a casa a comer —dijo el maestro—, excepto Jacob. Jacob debe quedarse donde está; y que el fantasma le traiga la comida, si al fantasma le apetece.
La fortaleza de Jacob le abandonó ante la doble desaparición de sus compañeros de escuela y de su perspectiva de almuerzo. Se sacó las manos de los bolsillos, se miró fijamente los nudillos, los llevó con gran premeditación hasta los ojos y, una vez allí, se los frotó en círculos lentamente, acompañando la acción con cortos espasmos de sollozos ahogados que se sucedían a intervalos regulares: las salvas de artillería nasal del desconsuelo infantil.
“Hemos venido a hacerle una pregunta, señor Dempster —dijo la señorita Halcombe, dirigiéndose al maestro de escuela—; y bien poco esperábamos hallarle ocupado en exorcizar a un fantasma. ¿Qué significa todo esto? ¿Qué ha pasado realmente?”
«Ese muchacho malvado ha estado atemorizando a toda la escuela, señorita Halcombe, al declarar que vio un fantasma ayer por la tarde —respondió el maestro—, y todavía persiste en su absurdo cuento, a pesar de todo lo que puedo decirle».
—Cosa de nunca ver —dijo la señorita Halcombe—; no habría creído posible que ninguno de los muchachos tuviera bastante imaginación como para ver un fantasma. En verdad, esta es una novedad para las arduas labores de moldear la mente juvenil en Limmeridge, y le deseo de todo corazón que salgairoso del trance, señor Dempster. Entre tanto, permítame explicarle por qué me ve aquí y qué es lo que quiero.
Luego le hizo al maestro de escuela la misma pregunta que nosotros ya les habíamos hecho a casi todos los demás en el pueblo. Fue recibida con la misma respuesta desalentadora. El