y a disipar cualquier duda. Había cumplido con su deber hacia la infeliz joven al dar instrucciones a su procurador de no escatimar gastos en rastrearla y en devolverla una vez más al cuidado médico, y ahora solo deseaba cumplir con su deber hacia la señorita Fairlie y hacia su familia, de la misma manera clara y directa.
Fui el primero en hablar en respuesta a esta súplica. Mi propio camino me resultaba claro. Es la gran virtud de la Ley el poder rebatir cualquier declaración humana, hecha bajo cualquier circunstancia y reducida a cualquier forma. Si me hubiera sentido llamado profesionalmente a armar un caso contra sir Percival Glyde, basándome en su propia explicación, lo habría hecho sin ningún género de dudas. Pero mi deber no iba en esa dirección; mi función era de índole puramente judicial. Debía sopesar la explicación que acabábamos de oír, conceder toda la fuerza merecida a la alta reputación del caballero que la ofrecía y decidir con honradez si las probabilidades, según el propio testimonio de sir Percival, estaban claramente de su parte o claramente en su contra. Mi convencimiento personal era que estaban claramente de su parte y, en consecuencia, declaré que su explicación me parecía, sin lugar a dudas, satisfactoria.
La señorita Halcombe, después de mirarme con mucha atención, dijo unas pocas palabras, por su parte, en el mismo sentido—con cierta vacilación de modales, sin embargo, que las circunstancias no me parecieron justificar. No puedo decir, con seguridad, si Sir Percival advirtió esto o no. Mi opinión es que sí, dado que retomó el tema de manera intencionada, aunque ahora bien podría haber permitido, con toda propiedad, que decayera.
—Si mi simple exposición de los