Miré de la mesa a la ventana más alejada de mí, y vi a una señora de pie junto a ella, con la espalda vuelta hacia mí. En el instante en que mis ojos se posaron en ella, me llamó la atención la rara belleza de su figura y la gracia natural de su postura. Su talle era alto, aunque no demasiado; agraciado y bien desarrollado, aunque no gordo; su cabeza erguida sobre los hombros con una firmeza flexible y suelta; su cintura, la perfección a los ojos de un hombre, pues ocupaba su lugar natural, llenaba su círculo natural y estaba visible y deliciosamente libre de la deformación del corsé. No había oído mi entrada en la habitación; y me concedí el lujo de admirarla unos instantes antes de mover una de las sillas cercanas, como el medio menos embarazoso de atraer su atención. Se volvió hacia mí inmediatamente. La elegancia natural de cada movimiento de sus extremidades y de su cuerpo, tan pronto como comenzó a avanzar desde el fondo de la estancia, me puso en un estado de alegre expectación por ver su rostro con claridad. * Se apartó de la ventana—y me dije: la dama es morena. * Avanzó unos pasos—y me dije: la dama es joven. * Se acercó más—y me dije (con una sensación de sorpresa que las palabras no alcanzan a expresar): ¡la
Jamás se desmintió de manera más tajante la vieja máxima convencional de que la naturaleza no se equivoca; jamás la hermosa promesa de una figura encantadora se vio tan extraña y sorprendentemente desmentida por el rostro y la cabeza que la coronaban. El cutis de la dama era casi cetrino, y el vello oscuro sobre su labio superior rozaba el bigote.