vano.
Al día siguiente, el martes, sir Percival fue por la mañana (llevando a uno de los sirvientes como guía) a Todd’s Corner. Sus indagaciones, según supe más tarde, no condujeron a ningún resultado. A su regreso tuvo una entrevista con el señor Fairlie, y por la tarde él y la señorita Halcombe salieron a caballo.
Nada más ocurrió digno de mención. La velada transcurrió como de costumbre. No hubo cambios en sir Percival, ni cambios en la señorita Fairlie.
El correo del miércoles trajo consigo un acontecimiento: la respuesta de la señora Catherick. Saqué una copia del documento, que he conservado y que bien puedo presentar en este lugar. Decía así:
« Señora: le ruego que acepte el acuse de recibo de su carta en la que pregunta si mi hija, Anne, fue puesta bajo supervisión médica con mi conocimiento y aprobación, y si la intervención en el asunto por parte de Sir Percival Glyde fue tal que mereciera la expresión de mi gratitud hacia dicho caballero. Sírvase aceptar mi respuesta en sentido afirmativo a ambas cuestiones, y crea que sigo siendo su atento servidor,
Breve, seca y directa al grano; por su forma, más bien la carta comercial que escribiría una mujer; en su contenido, una confirmación tan clara como pudiera desearse de las declaraciones de Sir Percival Glyde. Esta era mi opinión y, con ciertas reservas menores, la de la señorita Halcombe también. A Sir Percival, cuando se le mostró la carta, no pareció llamarle la atención su tono seco y breve. Nos dijo que la señora Catherick era una mujer de pocas palabras, una persona sensata, directa y sin imaginación, que escribía de forma breve y llana, tal como