que me dijera lo que pensaba. Su opinión es que se recuperará con los años. Pero dice que su esmerada educación en la escuela es una cuestión de gran importancia ahora mismo, porque su inusual lentitud para adquirir ideas implica una inusual tenacidad para conservarlas una vez que ya han penetrado en su mente. > > Ahora bien, amor mío, no debes imaginar, a tu modo precipitado, que me he apegado a una idiota. Esta pobre pequeña Anne Catherick es una niña dulce, cariñosa y agradecida, y dice las cosas más singulares y bonitas (como podrás juzgar por un ejemplo), de la manera más extrañamente repentina, sorprendida y medio asustada. Aunque viste con mucha pulcritud, su ropa muestra una triste falta de gusto en el color y en el diseño. > > Así que ayer dispuse que algunos de los viejos vestidos blancos y sombreros blancos de nuestra querida Laura fueran adaptados para Anne Catherick, explicándole que a las niñas de su tez les sentaba mejor y con más pulcritud ir enteramente de blanco que con cualquier otra cosa. Ella dudó y pareció desconcertada por un minuto, luego se sonrojó y pareció comprender. Su pequeña mano apretó la mía de repente. La besó, Philip, y dijo (¡oh, con tanta intensidad!): “Siempre llevaré blanco mientras viva. Me ayudará a recordarla, señora, y a pensar que sigo agradándole cuando me vaya y no la vuelva a ver”. > > Esta es solo una muestra de las cosas singulares que dice con tanta gracia. ¡Pobre almita! Tendrá un buen surtido de vestidos blancos, confeccionados con buenos y amplios dobleces para poder
Miss Halcombe se detuvo y me miró por encima del piano.
—¿Parecía joven la mujer desdichada que encontró en el camino real? —preguntó—.