extraño. Es más culpa mía que suya por seguirle los caprichos y dejarla sola en un lugar como este. Vamos, querida; vámonos a casa ahora.
Me pareció que la buena mujer se mostraba un tanto inquieta ante la perspectiva del camino de regreso, y me ofrecí a acompañarlas hasta que ambas estuvieran a la vista de su casa. La señora Clements me dio las gracias amablemente y lo declinó. Dijo que con toda seguridad se encontrarían con algunos de los jornaleros de la granja en cuanto llegaran al páramo.
—Trate de perdonarme —dije, cuando Anne Catherick tomó del brazo a su amiga para marcharse. Por muy inocente que hubiera sido de cualquier intención de aterrarla y alterarla, el corazón me dio un vuelco al mirar aquel rostro pobre, pálido y asustado.
—Lo intentaré —respondió ella—. Pero sabes demasiado; temo que a partir de ahora siempre