había ocurrido.
—¿Juega usted al whist, Mr. Hartright? —preguntó Miss Halcombe, dirigiendo la mirada con significativa intención hacia el lugar que yo ocupaba.
Yo sabía lo que quería decir—sabía que tenía razón, y me levanté al instante para ir a la mesa de juego. Al dejar el piano, la señorita Fairlie pasó una página de la música y volvió a tocar las teclas con mano más segura.
—Lo tocaré —dijo, pulsando las notas casi con pasión—. Lo tocaré la última noche.
—Venga, señora Vesey —dijo la señorita Halcombe—, el señor Gilmore y yo estamos cansados del écarté; venga a ser la pareja del señor Hartright al whist.
El viejo abogado sonrió con sarcasmo. Él tenía la baza ganadora y acababa de descubrir un rey. Evidentemente, atribuyó el brusco cambio de la señorita Halcombe en la disposición de la mesa de juego a la incapacidad de