de ilustrarla. Sir Percival solo le ha mencionado sus intenciones al señor Fairlie, quien me ha dicho personalmente que está dispuesto y ansioso, como tutor de Laura, por apoyarlas. Ha escrito a Londres, al abogado de la familia, el señor Gilmore. Da la casualidad de que el señor Gilmore se encuentra ausente en Glasgow por negocios, y ha respondido proponiendo detenerse en Limmeridge House de camino a la ciudad. Llegará mañana y se quedará con nosotros unos días, a fin de darle tiempo a Sir Percival para defender su propia causa. Si tiene éxito, el señor Gilmore regresará entonces a Londres, llevándose consigo las instrucciones para el acuerdo matrimonial de mi hermana. ¿Comprende ahora, señor Hartright, por qué hablo de esperar para pedir consejo legal hasta mañana? El señor Gilmore es el viejo y probado amigo de dos generaciones de los Fairlie, y podemos confiar en él como no podríamos hacerlo en nadie más”.
¡El contrato matrimonial! El mero hecho de oír esas dos palabras me hirió con una desesperación celosa que fue un veneno para mis instintos más elevados y nobles. Comencé a pensar —cuesta confesar esto, pero no debo ocultar nada desde el principio hasta el final de la terrible historia que ahora me he comprometido a revelar— comencé a pensar, con una odiosa avidez de esperanza, en los vagos cargos contra Sir Percival Glyde que contenía la carta anónima. ¿Y si esas acusaciones descabelladas se apoyaban en un cimiento de verdad? ¿Y si se pudiera demostrar su veracidad antes de que se pronunciaran las fatales palabras de consentimiento y se redactara el contrato matrimonial? Desde entonces he intentado pensar que el sentimiento que me animaba entonces comenzó y terminó en una devoción pura por los intereses de la