volvió hacia mí con una indignación intrépida, por lo cual la respeté.
“Me avergonzaría sinceramente de mí mismo si mereciera esa mirada de enojo”, dije.
“Pero no la merezco. Desgraciadamente la he asustado sin intención de hacerlo. Esta no es la primera vez que me ve. Pregúntele usted misma, y le dirá que soy incapaz de hacerle daño voluntariamente a ella ni a ninguna mujer”.
Hablé con claridad, para que Anne Catherick pudiera oírme y comprenderme, y vi que las palabras y su significado habían llegado a ella.
—Sí, sí —dijo—; él fue bueno conmigo una vez; me ayudó...
Le susurró el resto al oído a su amiga.
—¡Qué extraño, la verdad! —dijo la señora Clements, con una mirada de perplejidad—. Aunque eso lo cambia todo. Siento haberle hablado de un modo tan brusco, caballero; pero tendrá que reconocer que las apariencias resultaban sospechosas para un