sabía lo que hacía. ¡La señora Fairlie nunca me habría hecho llevar esta fea capa azul! ¡Ah! En vida le gustaba el blanco, y aquí hay piedra blanca alrededor de su tumba, y yo la estoy poniendo más blanca por amor a ella. A menudo ella misma vestía de blanco, y siempre vestía de blanco a su hijita. ¿Está la señorita Fairlie bien y es feliz? ¿Lleva blanco ahora, como solía hacerlo cuando era niña?”
Su voz bajó de tono cuando formuló las preguntas sobre la señorita Fairlie, y apartó la cabeza de mí cada vez más.
Creí percibir, en el cambio de sus modales, una conciencia inquieta del riesgo que había corrió al enviar la carta anónima, y al instante decidí formular mi respuesta de tal manera que la sorprendiera y la obligara a admitirlo.
—La señorita Fairlie no se encontraba muy bien ni muy