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nydus/The Woman in WhitePublic
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I. La historia comenzada por Walter Hartright, de Clement’s Inn, profesor de dibujo

un lado a otro entre sus dedos y pulgares de oro—, tal vez conozcan, queridas mías, a algún profesor de dibujo que pueda recomendarles». Las tres señoritas se miran unas a otras y luego dicen (con la indispensable gran O para empezar): «¡Oh, por Dios no, papá! Pero aquí está el señor

Al mencionar mi nombre ya no puedo contenerme⁠—el pensamiento de ustedes, mis buenos amigos, me sube como sangre a la cabeza⁠—me levanto de un salto de mi asiento, como si un clavo hubiera crecido desde el suelo atravesando el fondo de mi silla⁠—me dirijo al poderoso mercader y le digo (English phrase): «¡Querido señor, tengo al hombre! ¡El primero y más destacado profesor de dibujo del mundo! ¡Recomiéndelo por el correo de esta noche y mándelo, con petacas y petates (English phrase again⁠—ha!), mándelo con petacas y petates en el tren de mañana!». «Espera, espera —dice papá—; ¿es extranjero o inglés?». «Inglés hasta la médula de los huesos», respondo. «¿Respetable?», dice papá. «Señor —le digo (pues esta última pregunta suya me indigna y he acabado con mis confianzas hacia él—)—. ¡Señor! ¡El fuego inmortal del genio arde en el pecho de este inglés y, lo que es más, su padre lo tuvo antes que él!».

—No importa —dice el bárbaro de oro que es Papá—, no importa lo del genio, señor Pesca. En este país no queremos genio, a menos que venga acompañado de respetabilidad; y entonces nos encanta tenerlo, nos encanta de veras. ¿Puede su amigo presentar testimonios, cartas que hablen de su conducta? Agito la mano con negligencia. —¿Cartas? —digo—. ¡Ja! ¡Santo cielo! ¡Pues claro que sí! ¡Volúmenes de cartas y carpetas de testimonios, si los quiere! —Con uno o dos bastará —dice

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