dudando de la realidad de mi propia aventura; en otro me sentía desconcertado y angustiado por una vaga sensación de haber obrado mal, la cual, sin embargo, me dejaba en una confusa ignorancia sobre cómo podría haber obrado bien. Apenas sabía a dónde iba, o qué tenía intención de hacer a continuación; no era consciente de nada salvo de la confusión de mis propios pensamientos, cuando fui devuelto a mí mismo de manera abrupta —despertado, casi podría decir— por el ruido de unas ruedas que se acercaban con rapidez muy cerca de mí.
Iba por el lado oscuro de la calle, en la espesa sombra de unos árboles de un jardín, cuando me detuve a mirar a mi alrededor.
En la acera de enfrente, que estaba más iluminada, a poca distancia más abajo de mí, un policía paseaba lentamente en dirección a Regent’s Park.
El coche