y débiles palabras que no han logrado describir a la señorita Fairlie han tenido éxito al traicionar las sensaciones que despertó en mí. Así nos ocurre a todos. Nuestras palabras son gigantes cuando nos causan un daño y enanas cuando nos prestan un servicio.
La amaba.
¡Ah! qué bien conozco toda la tristeza y toda la burla que encierran esas tres palabras.
Puedo suspirar por mi lúgubre confesión con la más tierna mujer que la lea y se compadezca de mí. Puedo reír de ella con tanta amargura como el hombre más duro que la arroja lejos de sí con desprecio.
¡La amaba! Compadeceos de mí, o despreciadme, lo confieso con la misma inquebrantable resolución de admitir la verdad.
¿No había ninguna excusa para mí? Ciertamente, se podía encontrar alguna excusa en las condiciones bajo las cuales transcurrió mi periodo de servicio contratado en Limmeridge House.
Mis horas matinales se sucedían con calma en la tranquilidad y el aislamiento de mi propia habitación. Tenía justo el trabajo necesario, al montar los dibujos de mi empleador, para mantener mis manos y mis ojos agradablemente ocupados, mientras mi mente quedaba libre para disfrutar del peligroso lujo de sus propios pensamientos desenfrenados. Una soledad peligrosa, pues duró lo suficiente como para debilitarme, pero no lo bastante como para fortalecerme. Una soledad peligrosa, pues iba seguida de tardes y noches pasadas, día tras día y semana tras semana, a solas en compañía de dos mujeres, una de las cuales poseía todas las dotes de gracia, ingenio y alta alcurnia, y la otra todos los encantos de la belleza, la dulzura y la sencilla verdad, capaces de purificar y subyugar el corazón del hombre. No pasaba un día, en aquella peligrosa intimidad de profesor y alumna,