de la casa, reclinado, con lánguida serenidad, en un gran sillón orejero, con un atril de lectura sujeto a uno de sus brazos y una mesita en el otro.
Si el aspecto personal de un hombre, cuando está fuera de su vestidor y ha pasado de los cuarenta, puede aceptarse como una guía segura de su edad —lo cual es más que dudoso—, la edad del señor Fairlie, cuando lo vi, podría haberse calculado razonablemente en más de cincuenta y menos de sesenta años.
Su rostro sin barba era delgado, demacrado y de una palidez diáfana, aunque no estaba arrugado; su nariz era prominente y aguileña; sus ojos, de un gris azulado apagado, grandes, saltones y con los bordes de los párpados bastante rojos; su cabello era escaso, de aspecto suave y de ese color rubio ceniza que es el último en revelar los cambios hacia las canas.
Vestía una levita oscura, de una tela mucho más fina que el paño, y chaleco y pantalones de un blanco impecable. Sus pies, de un tamaño afeminadamente pequeño, iban calzados con medias de seda color ante y zapatillas de charol bronce, casi de mujer.
Dos anillos adornaban sus manos blancas y delicadas, cuyo valor, incluso para mi inexperta mirada, resultaba poco menos que incalculable.
En conjunto, tenía un aspecto frágil, lánguidamente irritable y demasiado refinado; algo singular y desagradablemente delicado para asociarlo a un hombre y que, al mismo tiempo, de ninguna manera habría resultado natural ni apropiado de haberse trasladado a la apariencia personal de una mujer.
Mi experiencia matutina con la señorita Halcombe me había predispueto a que meagradara todo el mundo en la casa; pero mis simpatías se cerraron en redondo a la primera vista del señor Fairlie.
Al acercarme