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nydus/The Woman in WhitePublic
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I. La historia comenzada por Walter Hartright, de Clement’s Inn, profesor de dibujo

imperfecciones en el rostro de otra mujer, pero no es fácil detenerse en ellas en el suyo, tan sutilmente están conectadas con todo lo que hay de individual y característico en su expresión, y tan estrechamente depende la expresión para su completo juego y vida, en cualquier otro rasgo, del impulso en movimiento de los ojos.

¿Me muestra estas cosas mi pobre retrato de ella, mi cariñoso y paciente trabajo de largos y felices días?

¡Ah, cuán pocas de ellas hay en el tenue dibujo mecánico, y cuántas en la mente con la que lo contemplo!

Una muchacha bella y delicada, con un lindo vestido claro, jugando con las hojas de un cuaderno de dibujo, mientras alza la vista con sinceros e inocentes ojos azules; eso es todo lo que el dibujo puede decir; todo, tal vez, que incluso el alcance más profundo del pensamiento y de la pluma pueden decir en su idioma.

La mujer que primero da vida, luz y forma a nuestras oscuras concepciones de la belleza, llena un vacío en nuestra naturaleza espiritual que nos había permanecido desconocido hasta su aparición.

Simpatías que yacen demasiado hondas para las palabras, casi demasiado hondas para los pensamientos, son conmovidas, en tales momentos, por otros encantos que no son aquellos que los sentidos perciben y que los recursos de la expresión pueden plasmar.

El misterio que subyace a la belleza de las mujeres jamás se eleva por encima del alcance de toda expresión hasta que ha reivindicado su parentesco con el misterio más profundo de nuestras propias almas.

Entonces, y sólo entonces, ha traspasado la estrecha región sobre la cual cae la luz, en este mundo, procedente del lápiz y de la pluma.

Piénsala como pensaste en la primera mujer

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