en los escalones de la puerta hasta que el carruaje se detuvo, y luego se adelantó para estrechar la mano de un viejo caballero, que bajó ágilmente en cuanto desplegaron los estribos. El señor Gilmore había llegado.
Lo miré, cuando nos presentaron, con un interés y una curiosidad que apenas pude disimular.
Este viejo iba a permanecer en Limmeridge House después de que yo la hubiera abandonado, iba a escuchar la explicación de Sir Percival Glyde y brindaría a la señorita Halcombe el auxilio de su experiencia al formarse un juicio; aguardaría hasta que la cuestión del matrimonio quedara zanjada y su mano, si tal cuestión se decidía en sentido afirmativo, redactaría las capitulaciones que ligaban irrevocablemente a la señorita Fairlie a su compromiso.
Incluso entonces, cuando yo no sabía nada en comparación con lo que sé ahora, miré al abogado de la familia con un interés que jamás antes había sentido en presencia de ningún hombre vivo que fuera un perfecto desconocido para mí.
En su aspecto exterior, el señor Gilmore era el opuesto exacto de la idea convencional de un viejo abogado. Su tez era rubicunda; llevaba el cabello blanco más bien largo y cuidadosamente cepillado; su levita, su chaleco y sus pantalones negros le sentaban con perfecta pulcritud; su corbata blanca estaba primorosamente atada, y sus guantes de cabritilla color lavanda habrían podido adornar las manos de un clérigo elegante, sin temor ni tacha. Sus modales se distinguían gratamente por la gracia formal y el refinamiento de la vieja escuela de la cortesía, avivados por la agudeza y la presteza estimulantes de un hombre cuyos negocios en la vida le obligan a mantener siempre sus facultades en buen estado de funcionamiento. Una constitución sanguínea y buenas perspectivas para