de que sea demasiado tarde. > »Anoche soñé con usted, señorita Fairlie. Soñé que estaba de pie dentro del comulgatorio de una iglesia—yo a un lado de la mesa del altar, y el clérigo, con su sobrepelliz y su libro de oraciones, al otro. > »Al cabo de un rato caminaron hacia nosotros, por el pasillo central de la iglesia, un hombre y una mujer que venían a casarse. Usted era la mujer. Parecía tan bonita e inocente con su hermoso vestido de seda blanca y su largo velo de encaje blanco, que mi corazón se compadeció de usted y se me llenaron los ojos de lágrimas. > »Eran lágrimas de piedad, señorita, de esas que el cielo bendice y que, en vez de caer de mis ojos como las lágrimas de cada día que todos derramamos, se convirtieron en dos rayos de luz que se inclinaban cada vez más hacia el hombre que estaba en el altar con usted, hasta tocar su pecho. Los dos rayos brotaron en arcos como sendos arcos iris entre él y yo. Los seguí con la mirada y vi el fondo de su corazón. > »El exterior del hombre con el que se casaba era bastante agraciado a la vista. No era ni alto ni bajo—estaba un poco por debajo de la estatura mediana. Un hombre ágil, activo y de gran espíritu—de unos cuarenta y cinco años de apariencia. Tenía el rostro pálido y estaba calvo sobre la frente, pero conservaba cabello oscuro en el resto de la cabeza. Su barba estaba rasurada en la barbilla, pero la dejaba crecer, de un color castaño hermoso y rico, en las mejillas y en el labio superior. Sus ojos también eran castaños y muy brillantes; su nariz,
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I. La historia comenzada por Walter Hartright, de Clement’s Inn, profesor de dibujo
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