si Sir Percival deja ciegamente todos sus intereses bajo mi exclusivo cuidado, ¿qué camino puedo tomar posiblemente que no sea el de hacerlos valer? Tengo las manos atadas—¿no lo ve, mi querido amigo?—tengo las manos
—¿Mantiene entonces su anotación sobre la cláusula, al pie de la letra? —dije.
—¡Sí—qué diantres! No me queda otra alternativa. Se acercó a la chimenea y se calentó, tarareando el remate de una melodía con una rica y jovial voz de bajo. —¿Qué dice vuestro bando? —prosiguió—; vamos, díganmelo por favor—, ¿qué dice vuestro bando?
Me avergonzaba decírselo. Intenté ganar tiempo; es más, hice algo peor. Mis instintos jurídicos se impusieron y hasta traté de regatear.
—Veinte mil libras es una suma bastante grande como para que los amigos de la dama renuncien a ella con dos días de aviso —dije.
—Muy cierto —respondió el señor