empezar; una larga y posterior trayectoria de prosperidad honorable y desahogada; una vejez alegre, diligente y universalmente respetada; tales fueron las impresiones generales que obtuve de mi presentación al señor Gilmore, y es de justicia añadir que el conocimiento que adquirí mediante una posterior y mejor experiencia no hizo sino confirmarlas.
Dejé al viejo caballero y a la señorita Halcombe entrar juntos en la casa, para hablar de asuntos familiares sin la incomodidad de la presencia de un extraño. Cruzaron el vestíbulo camino del salón, y yo bajé de nuevo los escalones para pasear solo por el jardín.
Mis horas en Limmeridge House estaban contadas; mi partida a la mañana siguiente era un hecho irrevocable; mi participación en la investigación que la carta anónima había vuelto necesaria había llegado a su fin. Ningún daño se le haría a nadie más que a mí mismo si dejaba escapar mi corazón de nuevo, durante el poco tiempo que me quedaba, de la fría crueldad de la contención que la necesidad me había obligado a imponerle, y me despedía de los escenarios asociados al breve tiempo de ensueño de mi felicidad y mi amor.
Me volví instintivamente hacia el sendero bajo la ventana de mi estudio, donde la había visto la tarde anterior con su perrito, y seguí el camino que sus queridos pies habían pisado tantas veces, hasta llegar a la portezuela que conducía a su jardín de rosas.
La desnudez invernal se extendía ahora tristemente sobre él. Las flores que ella me había enseñado a distinguir por sus nombres, las flores que yo le había enseñado a pintar, habían desaparecido, y los diminutos senderos blancos que serpenteaban entre los arriates ya estaban húmedos y verdosos.
Salí a la avenida de los