dos cargos de secretario y sacristán. A continuación, dije unas pocas palabras alabando el monumento de la señora Fairlie. La anciana sacudió la cabeza y me dijo que no lo había visto en su mejor momento. * Era asunto de su marido ocuparse de él, pero llevaba tanto tiempo achacoso y débil, desde hacía meses y meses, que apenas había podido arrastrarse hasta la iglesia los domingos para cumplir con su deber, y en consecuencia el monumento había sido descuidado. * Ahora estaba un poco mejor y, en el plazo de una semana o diez días, esperaba tener las fuerzas suficientes para ponerse manos a la obra
Esta información —extraída de una larga y divagante respuesta en el dialecto más cerrado de Cumberland— me reveló todo lo que más deseaba saber. Le di una propina a la pobre mujer y regresé de inmediato a Limmeridge House.
La limpieza parcial del monumento había sido efectuada evidentemente por una mano extraña.
Uniendo lo que había descubierto hasta entonces con lo que había sospechado tras escuchar la historia del fantasma visto al crepúsculo, no necesitaba nada más para confirmar mi propósito de vigilar la tumba de la señora Fairlie, en secreto, aquella misma tarde, regresando a ella al ponerse el sol y esperando a la vista de ella hasta que cayera la noche.
La labor de limpiar el monumento había quedado sin terminar, y la persona que la había comenzado podría regresar para completarla.
Al volver a la casa, le informé a la señorita Halcombe de lo que pensaba hacer. Me miró con sorpresa e inquietud mientras le explicaba mi propósito, pero no puso ninguna objeción rotunda a su cumplimiento. Se limitó a decir:
«Espero que acabe bien».
Justo cuando volvía a marcharse, la