Cumberland desde entonces; me he estado hospedando todo el tiempo en Limmeridge House”.
—¡En Limmeridge House! —Su pálido rostro se iluminó al repetir las palabras, y sus ojos dispersos se fijaron en mí con un interés repentino—. ¡Ah, qué feliz debió de haber sido usted! —dijo, mirándome con anhelo, sin que quedara ni rastro de su desconfianza anterior en la expresión.
Aproveché la confianza que acababa de cobrar en mí para observar su rostro con una atención y una curiosidad que hasta entonces me había impuesto no mostrar por prudencia.
La miré, con la mente llena de aquel otro hermoso rostro que tan ominosamente me la había recordado en la terraza a la luz de la luna. Había visto el parecido de Anne Catherick en la señorita Fairlie. Ahora veía el parecido de la señorita Fairlie en Anne Catherick; lo veía con tanta más claridad cuanto que se me presentaban tanto los puntos de diferencia entre ambas como los de semejanza.
En las líneas generales del rostro y en la proporción general de las facciones—en el color del cabello y en la leve incertidumbre nerviosa de los labios—, en la estatura y el volumen de la figura, y en el porte de la cabeza y del cuerpo, el parecido parecía aún más sorprendente de lo que jamás lo había sentido hasta entonces. Pero ahí terminaba la semejanza, y la disparidad, en los detalles, comenzaba. La delicada belleza del cutis de la señorita Fairlie, la transparencia cristalina de sus ojos, la tersa pureza de su piel, el tierno rubor de color en sus labios, todo eso faltaba en el rostro ajado y cansado que ahora se volvía hacia el mío.
Aunque me aborrecía a mí mismo incluso por pensar tal cosa, todavía,