copa? Es un buen frasco de oporto; un vino viejo, sólido y honesto. Aunque en mi propia bodega tengo algo mejor”.
Volvimos al salón —la estancia en la que había pasado las veladas más felices de mi vida—, la estancia que, después de aquella última noche, jamás volvería a ver. Su aspecto había cambiado desde que los días se habían acortado y el clima se había vuelto frío. Las puertas de cristal del lado de la terraza estaban cerradas y ocultas por gruesas cortinas. En lugar de la suave penumbra crepuscular en la que solíamos sentarnos, el brillo vivo y radiante de la luz de las lámparas deslumbraba ahora mis ojos. Todo había cambiado —por dentro y por fuera, todo había cambiado.
Miss Halcombe y el señor Gilmore se sentaron juntos a la mesa de juego; la señora Vesey ocupó su sillón habitual. No había