Lo único que pude conjeturar, mientras me arrastraba hacia adentro tomándome de ambas manos, era que (conociendo mis costumbres) había venido a la casita para asegurarse de verme esa noche, y que traía alguna noticia de un tipo inusualmente agradable.
Entramos ambos saltando en el salón de manera muy brusca y poco digna.
Mi madre estaba sentada junto a la ventana abierta, riendo y abanicándose. Pesca era uno de sus favoritos indiscutibles y sus excentricidades más desaforadas siempre le parecían perdonables.
¡Pobre y querida alma! Desde el primer momento en que descubrió que el pequeño profesor estaba profunda y agradecidamente unido a su hijo, le abrió su corazón sin reservas y dio por sentadas todas sus desconcertantes rarezas extranjeras, sin tan siquiera intentar comprender ninguna de ellas.
Mi hermana Sarah, con todas las ventajas de la juventud, era, por extraño que parezca, menos flexible. Reconocía plenamente las excelentes cualidades humanas de Pesca, pero no podía aceptarlo ciegamente, como lo hacía mi madre, por amor a mí. Sus insulares nociones del decoro se rebelaban constantemente contra el desprecio innato de Pesca por las apariencias; y siempre se mostraba, de forma más o menos abierta, atónita ante la familiaridad de su madre con aquel excéntrico extranjero. He observado, no solo en el caso de mi hermana, sino también en el de otros, que los de la generación joven no somos ni con mucho tan entusiastas ni tan impulsivos como algunos de nuestros mayores. A menudo veo a personas mayores ruborizadas y entusiasmadas ante la perspectiva de algún placer anticipado que no logra alterar en absoluto la tranquilidad de sus serenos nietos. Me pregunto si somos hoy en día muchachos y muchachas tan genuinos como lo fueron nuestros mayores en su tiempo. ¿Habrá dado