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nydus/The Woman in WhitePublic
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I. La historia comenzada por Walter Hartright, de Clement’s Inn, profesor de dibujo

más a él, descubrí que no estaba tan completamente desocupado como había supuesto al principio. Colocado entre otros objetos raros y hermosos sobre una gran mesa redonda cerca de él, había un gabinete miniatura de ébano y plata, que contenía monedas de todas las formas y tamaños, expuestas en pequeños cajones forrados de terciopelo morado oscuro. Uno de estos cajones yacía sobre la mesita adosada a su silla; y cerca de él había unos diminutos pinceles de joyero, un «difuminno» de gamuza y un botecito de líquido, todo listo para ser utilizado de diversas maneras en la eliminación de cualquier impureza accidental que pudiera descubrirse en las monedas. Sus frágiles dedos blancos jugaban lánguidamente con algo que parecía, a mis inexpertos ojos, una medalla de estaño sucia y de bordes irregulares, cuando avancé a una distancia respetuosa de su silla y me detuve para hacer mi reverencia.

—Me alegro mucho de tenerle en Limmeridge, mister Hartright —dijo con una voz quejumbrosa y cascada que combinaba, de un modo de todo menos agradable, un tono discordantemente alto con una dicción aletargada y lánguida—. Le ruego que se siente. Y no se tome la molestia de mover la silla, por favor. En el estado deplorable en el que se encuentran mis nervios, cualquier clase de movimiento me resulta exquisitamente doloroso. ¿Ha visto ya su estudio? ¿Le servirá?

—Vengo de ver la habitación, señor Fairlie; y le aseguro que...

Me detuvo a mitad de la frase cerrando los ojos y levantando implorante una de sus manos blancas. Me detuve estupefacto, y la voz graznante me honró con esta explicación:

—Le ruego que me disculpe. ¿Pero podría arreglárselas para hablar en un tono más bajo? En el estado calamitoso de mis nervios, cualquier ruido fuerte

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