una silla a su lado.
—Deja los grabados y vete —dijo—. No me pongas nervioso haciéndome perder la página. ¿Has perdido mi página o no la has perdido? ¿Estás seguro de que no? ¿Y has dejado mi campanilla bien a mi alcance? ¿Sí? Entonces, ¡por qué demonios no te vas!
El ayuda de cámara salió. Mr. Fairlie se giró en su silla, limpió la lupa con su delicado pañuelo de batista y se regaló una inspección de soslayo al volumen abierto de aguafuertes. No era fácil conservar la compostura en estas circunstancias, pero la conservé.
—He venido hasta aquí a costa de una gran incomodidad personal —dije—, para servir a los intereses de su sobrina y de su familia, y creo haberme ganado el derecho a recibir, a cambio, un mínimo de atención por su parte.
—¡No me tiranicen! —exclamó el