de los que poseía—una seda azul oscura, adornada de forma singular y bonita con encaje anticuado—; se adelantó a mi encuentro con su presteza de antes—me dio la mano con la franqueza y la inocente buena voluntad de los días más felices. Los fríos dedos que temblaban entre los míos—las pálidas mejillas con una mancha de rojo vivo ardiendo en el centro de ellas—la leve sonrisa que luchaba por sobrevivir en sus labios y se desvanecía mientras la miraba, me indicaban a costa de qué sacrificio de sí misma se mantenía su compostura exterior. Mi corazón no podía acercarla más a mí, o la habría amado entonces como nunca la había amado hasta entones.
Mr. Gilmore nos fue de gran ayuda. Estaba de muy buen humor y condujo la conversación con un espíritu incansable. La señorita Halcombe le secundó con resolución, y yo hice todo lo