fin me despertó y me sacudió sobresaltándome en una conciencia repentina y autoinculpatoria de mi propia debilidad, fue la más clara, la más verdadera, la más bondadosa de todas las advertencias, pues provino silenciosamente de ella.
Nos habíamos despedido una noche como de costumbre. Ni una sola palabra había salido de mis labios, en ese momento o en cualquier otro anterior, que pudiera delatarme o sobresaltarla haciéndole descubrir la verdad de repente. Pero cuando volvimos a encontrarnos por la mañana, un cambio se había operado en ella—un cambio que me lo reveló todo.
Me negué entonces —me niego aún— a invadir el sagrario más íntimo de su corazón y a dejarlo expuesto a los demás, como he expuesto el mío. Baste decir que el momento en que ella descubrió mi secreto por primera vez fue, según creo firmemente, aquel en que descubrió el suyo propio, y también el momento en que cambió hacia mí en el espacio de una sola noche. Su naturaleza, demasiado veraz como para engañar a otros, era demasiado noble como para engañarse a sí misma. Cuando la duda que yo había acallado depositó por primera vez su fatigoso peso sobre su corazón, el rostro sincero lo confesó todo y dijo, en su lenguaje franco y sencillo: Lo siento por él; lo siento por mí.
Decía esto, y más aún, que entonces no pude interpretar. Comprendía muy bien, por desgracia, el cambio en sus modales, su mayor amabilidad y su presteza para adivinar todos mis deseos ante los demás, frente al nerviosismo, la tristeza y la tensa ansiedad por sumergirse en la primera ocupación que tuviera a mano siempre que nos quedábamos a solas. Comprendía por qué los dulces y sensibles labios sonreían ahora tan poco y