mano fría (cuando la retiré con la mía) incluso en aquella noche sofocante. Recordad que yo era joven; recordad que la mano que me tocó era la de una mujer.
—¿Me lo prometes?
“Sí.”
¡Una palabra! La pequeña y familiar palabra que está en los labios de todos, a cada hora del día. ¡Ay de mí!; y tiemblo ahora al escribirla.
Volvimos los rostros hacia Londres y caminamos juntos en la primera hora quieta del nuevo día: yo y esta mujer, cuyo nombre, cuyo carácter, cuya historia, cuyos propósitos en la vida, cuya misma presencia a mi lado, en ese momento, eran misterios insondables para mí. Parecía un sueño. ¿Era yo Walter Hartright? ¿Era este el conocido y monótono camino por donde la gente de paseo deambulaba los domingos? ¿Había abandonado realmente, hacía poco más de una hora, la atmósfera tranquila, decente y convencionalmente doméstica de