la exposición del maestro era demasiado sensata como para combatirla abiertamente. Se limitó a responderle agradeciéndole su atención y prometiendo volver a verle cuando sus dudas hubieran quedado disipadas. Dicho esto, hizo una reverencia y se abrió paso hacia la salida de la escuela.
Durante toda esta extraña escena yo había permanecido a un lado, escuchando atentamente y sacando mis propias conclusiones. Tan pronto nos quedamos a solas de nuevo, la señorita Halcombe me preguntó si me había formado alguna opinión sobre lo que había oído.
—Una opinión muy firme —respondí—; el relato del muchacho, según creo, tiene un fundamento real. Confieso que estoy ansioso por ver el monumento sobre la tumba de la señora Fairlie y examinar el terreno que lo rodea.
“Verás la tumba”.
Hizo una pausa después de dar esa respuesta, y reflexionó un poco mientras seguíamos caminando. > —Lo que ha