Este modo de amor, tras ser elocuentemente cantado y practicado por los trovadores —por lo general, al parecer, segundones de casas nobles—, se extinguió en su lugar de origen, pero había sido introducido en España, y los españoles lo reintrodujeron en Italia cuando adquirieron el reino de Nápoles; en Italia se convirtió, mediante convencionalismos, en la arraigada institución del cavaliere servente.
Desde el punto de vista de una moral estricta, la institución era obviamente cuestionable.
Pero difícilmente podemos dejar de ver que en su origen poseía, aunque fuera de manera inconsciente, un aval cuasirreligioso en el culto a la Santa Madre, y hemos de reconocer que, a pesar de su forma cuestionable, era en realidad un esfuerzo por alcanzar una relación más pura e ideal de lo que era posible en una época ruda y belicosa que subordinaba la esposa al marido.
Una tierna devoción que inspiraba poesía, un respeto puro que rozaba la veneración, votos basados en la libertad e independencia mutuas y en pie de igualdad: estas eran posibilidades que los hombres y mujeres de aquella época sentían que eran incompatibles con el matrimonio tal como lo conocían.
La segunda forma de amor cortés medieval era más etérea que la primera, y mucho más definitiva y conscientemente basada en una actitud religiosa. Era en realidad el culto a la Virgen trasladado a una joven
doncella terrenal, pero que conserva la pureza y la idealidad del culto religioso. A tal punto es esto así que a veces resulta difícil estar seguros de si se trata de una doncella real de carne y hueso o tan solo de un símbolo poético de la feminidad. Esta duda ha sido planteada, notablemente por Bartoli, en relación con la Beatriz de Dante, el tipo supremo de este amor etéreo, que surgió en el siglo XIII y se cultivó principalmente en Florencia.