Puede que no esté a la altura del niño en cuanto a lógica, y que incluso se quede indescriptiblemente perplejo ante sus audaces preguntas, como un amable clérigo anciano que conocí cuando era profesor en una escuela pública en Australia; fue a una escuela a dar clases de religión y un día explicaba cómo el rey David era un hombre según el corazón de Dios, cuando se oyó una vocecita haciendo preguntas sobre la mujer de Urías; el clérigo, escandalizado, hizo callar al muchachito, y la causa de la religión no salió beneficiada en aquella escuela. Pero el adulto sabe que tiene de su parte la tradición, que el niño aún no ha adquirido, y la expansión emocional interna, que en el niño aún permanece sin liberar. El adulto, por lo tanto, fortalecido por esta superioridad, se siente justificado al recurrir al arma de la autoridad: "Puede que no quieras creer esto ni aprenderlo, pero tienes que hacerlo".
Es de este modo como el adulto gana la batalla de la educación religiosa. En un sentido más profundo y clarividente, la ha perdido. La religión se ha convertido, no en un privilegio fascinante, sino en una lección, una lección sobre cosas increíbles, una tarea sin sentido que hay que aprender de memoria, una pesadez.
Podría decirse que, aun siendo así, las lecciones religiosas simplemente corren la inevitable suerte de todas las asignaturas que se convierten en tareas escolares. Pero no es el caso.
Cualquier otra asignatura susceptible de convertirse en tarea escolar tiende a volverse comprensible y atractiva para un sector considerable de los alumnos porque está al alcance de la inteligencia infantil. Sin embargo, por las dos razones muy precisas que he señalado, esto solo ocurre en un grado extremadamente limitado en lo que respecta a la asignatura de religión, debido a que el organismo joven es un instrumento que aún no cuenta con las notas que la religión es más propensa a tocar.