Hace tiempo que estamos habituados a considerar a Oriente como un mundo espiritual en el que los fines más sutiles de la existencia se consideraban supremos, y los aspectos meramente materialistas de la vida, disociados de los propósitos de la religión y del arte, eran pisoteados. Nuestro propio mundo occidental lo hemos considerado humildemente como un ámbito abrumadoramente absorto en una carrera febril por alcanzar, mediante la industria y la guerra, la satisfacción de los impulsos de reproducción y nutrición, y el engrandecimiento crudamente material de que dichos impulsos son símbolo.
Cierta ociosidad exterior, una semiodiosidad —como decía Nietzsche—, es la condición necesaria para una vida religiosa real, para una vida estética real, para cualquier vida en el plano espiritual. La vida ruidosa, laboriosa, empujada y "progresista" que tradicionalmente asociamos con Occidente es esencialmente ajena a los fines superiores de la existencia, tal como ha sido reconocido intuitivamente y puesto en práctica por todos aquellos entre nosotros que han procurado perseguir los fines superiores de la vida. Así lo veían los filósofos europeos del siglo XIX, de los cuales Schopenhauer fue en este asunto el tipo extremo.
Pero cuando tratamos de medir la tendencia de los principales países de Occidente, encabezados por Francia, Inglaterra y Alemania, y de los países de Oriente encabezados por Japón, a la luz de esta prueba estrictamente mensurable de las estadísticas vitales, ¿no podemos acaso vislumbrar la aproximación de una transposición revolucionaria?
Japón, al adentrarse en el camino que nosotros casi hemos recorrido, en el cual el choque perpetuo de una alta natalidad y una alta mortalidad entraña desorden social y miseria, ha echado a los vientos los ideales más elevados que antaño persiguió con tanto éxito y ha perdido sus finas percepciones estéticas, su penetración en los más delicados secretos del alma.