La tradición romántica medieval ha llegado hasta nosotros tan cargada de belleza y misterio que tendemos a pensar, al verla desvanecerse, que los logros humanos se están depreciando permanentemente. Esa ilusión se produce en toda época de transición. Ocurrió notablemente en el siglo XVIII, el cual representó una etapa sumamente importante en la emancipación de la mujer. Para algunos, ese siglo parece haberse entregado a la galantería vacía y al placer fácil. Sin embargo, no fue solo la época en la que las mujeres lograron por primera vez alcanzar abiertamente su suprema influencia social, 17 fue una era de amor romántico, y las historias de amor nobles o desgarradoras que nos han llegado de los registros de aquel periodo superan a las de cualquier otra época.
Si creemos con Goethe que la religión del futuro consiste en una triple reverencia —la reverencia por lo que está por encima de nosotros, la reverencia por lo que está por debajo de nosotros y la reverencia por nuestros iguales 18—, no necesitamos afligirnos demasiado si una forma de esta reverencia, la primera, y aquella que Goethe consideraba como la más temprana y tosca, ha perdido su derecho exclusivo.
La reverencia es esencial para todo amor romántico. Bajar a la Madona y a la Virgen de sus pedestales para compartir con los hombres las responsabilidades y deberes comunes de la vida no es despojarlas de su derecho a la reverencia. Es meramente el signo de un cambio en la forma de esa reverencia, un cambio que anuncia un nuevo amor romántico.
Sería prematuro intentar definir el contorno exacto de las nuevas formas de amor romántico, o los rasgos precisos de los seres que con más ardor evocarán ese amor. En la literatura, en verdad, los ideales de la vida proyectan su sombra de antemano, y podemos sin duda rastrear un cambio en los ideales eróticos reflejados en la literatura.