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RELIGIÓN Y EL NIÑO

razones más poderosas a favor y en contra. Entonces, si los padres muestran un fuerte sentimiento de la importancia de la verdad, así como de la dificultad de alcanzarla, me parece que las mentes de los jóvenes estarán suficientemente preparadas para considerar la opinión popular o la de quienes los rodean con una tolerancia respetuosa, y se les puede dejar con seguridad que formen conclusiones definitivas en el curso de su vida adulta».9

Pocos hay entre nosotros que no hayan sufrido de una familiaridad demasiado temprana con la Biblia y las concepciones de la religión. Incluso para un hombre de intelecto verdaderamente fuerte e independiente, pueden pasar muchos años antes de que sus sentimientos, embotados de forma precoz, vuelvan a cobrar frescura, antes de que caigan las cadenas de la rutina y pueda por fin acercarse a la Biblia con una nueva receptividad y darse cuenta, por primera vez en su vida, de los tesoros de arte, belleza y sabiduría divina que contiene.

Pero para la mayoría ese momento nunca llega. Para la mayoría, la educación religiosa de la escuela sella la Biblia de por vida con la misma eficacia con que la educación clásica de la universidad sella a los grandes autores de Grecia y Roma de por vida; nadie vuelve a abrir sus libros escolares una vez que ha dejado la escuela.

Aquellos que leen griego y latín por amor no suelen haber salido de las universidades, y sin duda hay cierto significado en el hecho de que a menudo se descubra que los hijos de nuestros amigos laicos se vuelven devotos feligreses, mientras que, según la frecuente observación, los padres devotos suelen tener la descendencia más irreligiosa, al igual que los chicos malos de la escuela y la universidad son frecuentemente hijos del clero.

En la pubertad y durante la adolescencia todo empieza a transformarse. El cambio, es importante recordarlo, es un cambio natural y tiende a

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