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nydus/The Task of Social HygienePublic
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RELIGIÓN Y EL NIÑO

El primer lugar aquí le corresponde al psicólogo, que está edificando el ya extenso edificio del conocimiento sobre la verdadera naturaleza del niño y sobre el contenido y el desarrollo de la mente juvenil, así como al maestro práctico que está en contacto con ese conocimiento y puede someterlo a la prueba de la experiencia real. Antes de considerar qué fármacos deben administrarse, debemos considerar la naturaleza del organismo en el que van a ser introducidos.

La mente del niño es a la vez lógica y extravagante, realista y poética, o más bien mitopoética. Esta combinación de aparentes opuestos, aunque a menudo parezca casi incomprensible para el adulto, es el resultado inevitable del hecho de que la naciente inteligencia del niño está funcionando, por así decirlo, en el vacío.

En otras palabras, el niño no ha adquirido las dos dotes que imprimen carácter principalmente al conjunto de las creencias y sentimientos del adulto. Carece de la expansión puberal que llena la mente de nuevos impulsos personales y altruistas y la transforma con una emoción que a menudo desumbra y a veces distorsiona; y todavía no ha absorbido, ni siquiera ha adquirido la capacidad de absorber, todas aquellas creencias, opiniones y actitudes mentales que la raza ha adquirido lentamente y transmitido como el resultado tradicional de sus experiencias.

Los procesos intelectuales de los niños, la actitud y los contenidos de la mente infantil, se han explorado durante los últimos años con un cuidado y un detalle que jamás se habían aportado a ese estudio. No se trata de un asunto sobre el cual pueda decirse que el adulto posea un conocimiento instintivo o natural. Los adultos suelen tener una extraña aptitud para olvidar por completo los hechos de su vida como niños, y los niños suelen ser, al igual que los pueblos de razas primitivas, muy cautos en la comunicación deliberada de sus operaciones mentales, sus emociones y sus ideas. Es decir, que el

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