y cuán falsa la suposición de que se debe a un nuevo egoísmo que reemplaza a un antiguo altruismo.39 Por el contrario, la tasa de natalidad excesiva del primer periodo industrial fue estimulada directamente por el egoísmo. No había leyes contra el trabajo infantil; se procreaba a los niños para enviarlos, cuando eran poco más que bebés, a las fábricas y a las minas para aumentar los ingresos de sus padres. Los instintos fundamentales de los hombres y las mujeres no cambian, pero su dirección sí puede cambiar. En este ámbito, el cambio apunta hacia una transformación superior, introduciendo una economía más fina en la vida, disminuyendo la muerte, la enfermedad y la miseria, haciendo posibles los fines más elevados de la existencia y, al mismo tiempo, mejorando indirecta e incluso directamente la calidad de la raza futura.40 Esto empieza a ser reconocido ahora por casi todos los investigadores serenos y sagaces.
41 El clamor desaforado de tantas personas desequilibradas hoy en día, en el sentido de que una tasa de natalidad en descenso significa degeneración y desastre, se halla tan totalmente apartado de la esfera de la razón que tal vez debamos considerarlo comparable a aquellas manías que, en siglos pasados, adoptaron otras formas más atractivas para el temperamento neurótico de entonces; afortunadamente, es una manía que, por la propia naturaleza de las cosas, carece de poder para realizarse, y no debemos prever que el clamor en contra de las familias reducidas tenga los mismos resultados que el antiguo clamor en contra de las brujas. 42
Puede ser oportuno señalar en esta etapa que, si bien en la exposición anterior una alta tasa de natalidad y una alta tasa de nupcialidad se han considerado prácticamente la misma cosa, debemos hacer una distinción. La verdadera relación entre ambas tasas puede comprenderse al afirmar que, cuanto más primitiva es una comunidad, más estrechamente varían ambas tasas de manera conjunta.