Pero es probable que Ovidio, y es seguro que Dante, expusieran concepciones eróticas que eran incomprensibles para la mayoría de sus contemporáneos, y sin embargo han ejercido una influencia inmensa sobre las ideas y las emociones de los hombres en épocas posteriores. Los poetas y profetas de una generación se ocupan de moldear ideales que se realizarán en las vidas de una generación subsiguiente; al expresar sus emociones más íntimas, como si
se ha dicho con razón, se convierten en los líderes de una larga fila de hombres y mujeres. Sea lo que fuere que aún resulte incierto e indefinido, podemos creer con seguridad que la emoción del amor está demasiado profundamente arraigada en lo recóndito del organismo del hombre y del organismo de la mujer como para ser arrancada jamás o relegada alguna vez a un plano subordinado. Y también podemos creer que no existe un límite mensurable para su poder de hacer brotar flores siempre nuevas y milagrosas.
Se cuenta que una vez, en presencia de James Hinton, la conversación recayó sobre la música, y se sugirió que, debido al número limitado de combinaciones musicales y al número ilimitado de composiciones musicales, llegaría un momento en que toda la música sería solo una repetición de armonías agotadas. Hinton señaló que entonces llegaría un hombre tan inspirado por un nuevo espíritu que su sentimiento no sería que toda la música ya se había escrito, sino que aún no se había escrito ninguna música. Fue un dicho memorable.
En todos los campos esa es la proclamación perpetua del genio: ¡He aquí que yo hago nuevas todas las cosas! Y en este campo del amor no podemos concebir ninguna época en la que para el vidente inspirado no sea posible sentir: ¡Aún no ha habido amor!