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RELIGIÓN Y EL NIÑO

romana, en la que los muchachos son confirmados en las iglesias griega moderna, católica, luterana y episcopal, y en la que el Niño Jesús entró en el Templo, es tan temprana como cualquier otra en la que un niño deba ocuparse conscientemente de los asuntos de su Padre Celestial».

Pero dudo que podamos fijar la edad definitivamente por años, como tampoco es del todo exacto afirmar que una edad tan temprana como los doce años sea aceptada generalmente como la edad de iniciación; la Iglesia anglicana, por ejemplo, suele confirmar a la edad de quince años.

No es la edad lo que debería importarnos, sino una época biológica de evolución psíquica. No es prudente insistir en ninguna edad en particular, porque el desarrollo tiene lugar dentro de un margen de años considerablemente amplio.

He hablado de la iniciación a la religión en la pubertad como la introducción a un misterio. La frase fue elegida deliberadamente, pues me parece que no es una metáfora, sino la expresión de una verdad que siempre se ha comprendido cuando la religión ha sido una realidad y no una mera convención. Entre los salvajes de casi todas partes del mundo, el muchacho o la muchacha en la pubertad son iniciados en el misterio de la virilidad o de la feminidad, en los deberes y en los privilegios de los miembros adultos de la tribu. El joven es llevado a un lugar solitario, durante un mes o más, se le hace sufrir dolor y privaciones, aprender el autocontrol; se le enseñan las tradiciones de la tribu, así como las reglas elementales de la moral y la justicia; se le muestran las cosas secretas de la tribu y su significado y trascendencia, que ningún extraño puede conocer. En resumen, se le capacita para encontrar su alma, y surge de esta disciplina como un miembro preparado y responsable de su tribu. La niña recibe una formación correspondiente, adecuada a su sexo, también en la soledad, a manos de las mujeres mayores.

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