Hay muchas personas que, si bien están dispuestas a admitir que la familia es, en cierto sentido, una unidad social compuesta en la que cada parte necesita de las otras partes, de modo que todas están mutuamente ligadas, procuran trazar una firme línea de distinción entre la familia y la sociedad. La vida familiar, afirman, no es irreconciliable con el individualismo; es meramente un égoïsme à trois.
Sin embargo, es difícil ver cómo puede mantenerse tal distinción, ya sea que miremos el asunto desde un punto de vista teórico o práctico. En un país pequeño como Gran Bretaña, por ejemplo, todo inglés (excluyendo a los nuevos inmigrantes) está emparentado por sangre con cualquier otro inglés, como quedaría más claro si cada hombre poseyera su árbol genealógico de hace mil años atrás.
Cuando recordamos, además, que toda nación ha estado cubierta por invasiones, bélicas o pacíficas, de tierras vecinas, y que, en verdad, se ha formado originalmente de este modo, ya que ningún pueblo ha surgido de la tierra de su propio suelo, debemos admitir además que las naciones mismas forman una sola familia emparentada por sangre.
Nuestra relación genealógica con nuestros semejantes es demasiado remota y amplia como para afectarnos mucho en la práctica y en el sentimiento, aunque es bueno que la reconozcamos. Si dejamos esto de lado, aún debemos recordar que nuestra necesidad real de nuestros semejantes no se distingue claramente de las necesidades mutuas de los miembros de la unidad social más pequeña, la familia.
En la práctica, el individuo está desamparado. De todos los animales, en efecto, el hombre es el más desamparado cuando se le deja a sus propias fuerzas. Debe ser atendido por otros en cada momento de su larga infancia. Depende del esfuerzo de los demás para conseguir refugio y ropa, mientras otros se ocupan de preparar su comida y transportarla desde los